Las luces de los focos no le permitían ver el auditorio. Esta era una oportunidad singular, emotiva y también su última oportunidad. El acto final, epílogo de su carrera profesional. Norma estaba invadida por mil sensaciones tras la reunión que, hacía tan solo unos minutos, había mantenido con Angel, compañero de departamento y que tomaba el relevo al frente de la Dirección de Recursos Humanos.
_ ¿Estarás orgullosa, ¿no? tras cuarenta años de profesión, has podido participar en la evolución de esta función desde sus inicios, contribuyendo a un entorno laboral más profesional e igualitario. Norma, seguro tienes mil historias que contar.
Mientras accedía a la tarima, aquella fugaz y espuria ceguera de los focos, le permitió concentrarse en recuerdos pasados y revivirlo todo.
Desde pequeña le apasionaba todo lo relacionado con el comportamiento humano y eso le ocasionó cierta incomprensión familiar por el hecho de convertirse en una adolescente que actuaba como abogada de los pobres. Sentía inquietud acerca del porqué las personas actuaban como lo hacían y el hecho de empatizar con gestos inapropiados o encontrarles justificación, le tornaba en una incomprendida más. Sin embargo, esa resiliencia, le iba a ser de gran ayuda en el futuro.
Su vocación eran las ciencias del comportamiento, pero por complacer a su familia decidió empezar por la carrera de provecho. Así pues, primero estudió por obligación, siguiendo la norma, para posteriormente entregarse a su carrera de elección, por vocación.
Tras dos carreras universitarias, Norma se sentía fuerte en el contexto histórico de una Cataluña de mediados de los 80 que ansiaba progreso. Formaba parte de una generación que había crecido en la transición. Una sociedad superviviente, en la que unos lucían arrebatos de superación y victoria, mientras otros caían presos y vencidos por epidemias como la heroína y el sida.
Norma cumplió su misión de apoyar la transformación de roles, formas de trabajo y culturas organizativas de las que hoy recuerda anécdotas tan curiosas como propias del tiempo que le tocó vivir.
Un tiempo en el que los españoles nos esforzábamos en adaptarnos a un mercado europeo con el que nos identificábamos, aunque todavía no pertenecíamos. Tiempo de fijar modelos de referencia y de cumplir con las exigencias de un mundo competitivo. De todo ello sabía bien nuestra protagonista, Norma.
Cataluña atravesaba una etapa de reconversión de sectores tradicionales como el textil. Tiempos en los que las empresas necesitaban flexibilizar plantillas y esto, unido a la necesidad de crear nuevo empleo, dio lugar a la aparición del trabajo temporal.
Durante ese viaje en el tiempo, Norma recordaba una de sus primeras experiencias, como técnico de selección de una compañía de servicios y a Morales, uno de sus clientes que precisaba un reemplazo por la baja voluntaria de su responsable de exportación en la empresa de productos eléctricos que Morales dirigía. El perfil tenía que ser mujer, aunque no le detalló las razones de esa discriminación positiva hasta semanas más tarde cuando, al comprobar que Norma no daba en absoluto con el perfil de las candidatas, la citaron para darle mayor concreción. Siempre apreció la transparencia, si bien quedó sobrecogida por la contundencia.
_ Verás Norma, la anterior empleada era una chica muy atractiva y éste es un sector de hombres. Así que, para que no perdamos el tiempo, vamos a ser claros, queremos una tía jamona, una tía buena.
Tras pocas semanas en las que se esforzó por presentar un desfile de candidatas al puesto, ni ella ni las candidatas convencieron a Morales, sin embargo, Norma sí fue capaz de convencer a su directora comercial de cerrar una búsqueda que escapaba a su control y abonaron las facturas aliviadas.
Siguieron años de transformación vertiginosa, marcados por avances en automoción, electrónica y construcción que parecían anunciar un futuro lleno de promesas. La llegada de los Juegos Olímpicos de
1992 trajo consigo un renacimiento de la ciudad de Barcelona, a nivel urbanístico, turístico y económico dando lugar a, una renovada ciudad que se convertiría en uno de los ejes estratégicos del sur de Europa.
En ese nuevo marco de oportunidades, Norma encontró el escenario perfecto para dar los siguientes pasos, en una empresa de gran consumo.
Dedicó gran parte de su tiempo a la selección de personal, y confirmó al cabo de los años el profundo conocimiento que ésta da de las personas. Tanto es así, que Norma añadía el cuarto elemento a aquella célebre cita “a las personas se les conoce en el juego, en la mesa, en la cama y en la selección de personal”. Es allí donde los clientes exponen sus expectativas y requisitos, y donde afloran también sus prejuicios, ambiciones y sus miedos.
En esos años los perfiles comerciales eran los más demandados y también la expansión de los centros de atención telefónica o call centers. La empresa en la que trabajaba se había propuesto mejorar el nivel de servicio al cliente por lo que solicitaron a Norma la contratación de un responsable al mando de un equipo femenino de operadoras. Tratando de fomentar la promoción interna, Norma propuso a Victoria, una empleada veterana de trayectoria impecable. Recuerda perfectamente los argumentos de Justo, director de servicio cuando éste, le preguntó por el salario del marido de Victoria. Norma respondió que no solía preguntar el salario de los cónyuges, lo cual para Justo era un error importante dado que, conociendo que el marido de Victoria ocupaba un alto cargo en una empresa de telecomunicaciones, sabía que sus pretensiones salariales iban a ser menores.
Esta fue la primera vez, que no la última, en la que Norma pudo comprobar como las condiciones de una mujer podrían llegar a estar condicionadas a la evaluación comparativa con el salario de su pareja. Fue una buena elección pues, al cabo de diez años, Victoria fue ascendida a directora de servicio.
Aquel era un tiempo en el que lograr un contrato indefinido suponía hasta doce renovaciones trimestrales durante los primeros 3 años en los que demostrar valía, portarse bien y, siendo mujer, evitando quedarse embarazada.
Podría parecer exagerado, pero Norma constató esta realidad mientras daba charlas de orientación profesional en escuelas de formación ocupacional, que acogían a la ingente cantidad de desempleados tras aquellos JJOO y en la que el 100% de las mujeres que ocupaban sus aulas, habían perdido su trabajo al haber anunciado que iban a ser madres.
Una época que dio a luz a diferentes subgrupos de mujeres trabajadoras, unas, que lograron desarrollar la carrera soñada, las mínimas, otras que lo hicieron adoptando un modelo vital propio de sus “heterogéneres”. Norma formaba parte de este último, pues no tuvo hijos.
Llegó el nuevo milenio, y con éste un nuevo proyecto para Norma en una empresa de moda en la que se respiraba innovación. No obstante, todo cambio era superficial en el marco de un estilo directivo, nacido en la década de los 50 e influenciado por la inercia del management más tradicional. Una época en la que recursos humanos trataba, sin todavía demasiado éxito, influenciar en aquellas “naftalinosas” estructuras.
De aquellos tiempos recordaba a Manolo, su responsable, una persona con gran visión empresarial y a la que Norma apreciaba a pesar de saber que exigía a las secretarias ir vestidas con falda.
Por fortuna, los últimos años de carrera de Norma estuvieron marcados por el reconocimiento del valor de una función clave, y, por añadidura, del rol de la mujer en el entorno laboral. Norma se jubilaba en una empresa donde las personas estaban, en el centro de la estrategia.
Su mente volvió al tiempo y espacio de aquel iluminado escenario, en el que recibió su merecido homenaje y una gran ovación de sus compañeros. Inspirada por aquel breve pero intenso balance vital, con la autoridad del paso del tiempo y de aquella última ocasión, les dedicó unas breves palabras.
_Apreciados compañeros, gracias por acompañarme en un momento como éste, pues tan importante o más que el primer día de trabajo, lo es el último.
Por unos instantes, he estado recordando mi trayectoria, algo así como diez mil días o setenta mil horas de trabajo. Tiempo suficiente para celebrar aciertos, cometer errores, reponerse y aprender.
La función de recursos humanos, por ser algo “de personas” puede confundirse con algo inmutable, sin embargo, está sometida a continuas transformaciones gracias a la evolución que dicta su tiempo.
Los responsables de personas no ocupamos rankings comerciales, pero construimos las bases del éxito que permiten llegar alto.
Somos corredores de fondo para quienes, cada pequeño avance, no es un logro, sino una conquista, resultado del esfuerzo compartido de muchas personas por mucho tiempo.
Así pues, tremendamente orgullosa, de mi carrera y agradecida y recordando a todos los que hasta hoy me han acompañado, sin excepción, hoy dejo el relevo a Angel y a toda una generación que va a continuar con esta misión tan enriquecedora y apasionante como necesaria. Muchas gracias.