27 de febrero de 2025
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Million

Nadie en la oficina podría presagiar la importancia que tendría en la vida de todos ese día 27 de enero, a priori uno más en el calendario. Pero ese día estaba destinado a cambiar la forma en la que veíamos el mundo, y nos relacionábamos con él.

Ese día se incorporaba una nueva ingeniera al departamento de Asistencia Técnica, y habíamos quedado con ella en el departamento de Personas a las ocho de la mañana para comenzar su proceso de Onboarding. Era algo que habíamos realizado mil veces, lo teníamos totalmente automatizado: Nieves recibe a la nueva compañera y la presenta a los integrantes del departamento de Personas, Cristóbal le entrega un Wellcome Pack y le explica las normas de la empresa, Ana le ayuda con la firma del contrato y le indica el funcionamiento de los equipos informáticos, Araceli le acompaña a su puesto de trabajo, y le presenta a su Responsable y resto del equipo. Todo organizado.

Pero esta vez era diferente. Yo había conocido a Million unas semanas atrás. Habíamos recibido su CV por mediación de una entidad con la que habitualmente colaboramos en materia de inserción de colectivos en riesgo de exclusión. “Hemos recibido una usuaria de Eritrea que puede encajar a la perfección con vosotros, ¡es Ingeniera, y habla firabe!”, esas últimas eran las palabras mágicas que pronunció Almudena, la Técnico de Empleo de la entidad, que sabía la dificultad que estábamos teniendo en la empresa para cubrir la vacante de Ingeniero de Asistencia Técnica para nuestros clientes de África.

Sobre el papel, Million era la candidata perfecta, tenía 34 años, había estudiado Ingeniería en el Instituto Tecnológico de Eritrea, y al graduarse había trabajado en un Servicio de Soporte Técnico de equipos de Refrigeración. Hablaba con fluidez en árabe, inglés, hebreo, tigriña y español, y se encontraba en España con un estatus de refugiada, lo que permitía su contratación sin necesidad de realizar trámites burocráticos complejos. Sin embargo hacía casi una década que había dejado de trabajar como ingeniera, y en los últimos años su currículum discurría por una serie de contratos temporales en países tan dispares como Sudán, Israel, Libia o España. Estaba claro que su vida había sido un constante comienzo desde cero, y su currículum era fiel reflejo de ello.

En la entrevista me impresionó su determinación. Su voz era calmada, pero su mirada estaba cargada con una fuerza inusitada para una persona de su edad, seguramente forjada por los múltiples obstáculos a los que había tenido que sobreponerse. Cuando le pregunté que por qué quería el puesto para el que estaba optando, me respondió sin dudar ni un instante: “Porque quiero demostrarme que puedo construir mi vida desde el trabajo y el conocimiento, y no sólo desde la supervivencia”. Me dejó sin palabras.

Million tenía una historia realmente poderosa: Había nacido y crecido en una familia relativamente acomodada en Asmara, que valoraba la educación y el conocimiento por encima de cualquier otro lujo al que pudieran acceder. Al terminar sus estudios universitarios se enamoró de Ahmed, un joven que había sido reclutado forzosamente para realizar el servicio militar. El servicio militar en Eritrea, según me contó, dista mucho de ser respetuoso con los Derechos Humanos, ya que convierte en una especie de soldados a todas las personas obligadas a realizarlo, en un régimen prácticamente de esclavitud, forzando a quienes se encuentran en él a realizar trabajos en minas de extracción de oro durante más de 12 horas diarias, sin un lugar digno para descansar, y por una duración ilimitada (en algunos casos, durante más de 20 años).

Por este motivo, tras más de 6 meses de servicio militar en condiciones infrahumanas, y sin la certeza de poder sobrevivir, al menos, a otros 12 meses más de trabajos forzosos, Ahmed y Million decidieron tomar la decisión más dura de sus vidas, abandonar su país y dejar todo atrás, con la esperanza de encontrar un futuro digno en otro lugar del mundo.

Durante los siguientes ocho años de sus vidas, permanecieron sobreviviendo como refugiados entre campamentos de Sudán, y alojamientos muy precarios en Israel y Libia, realizando todo tipo de trabajos para poder subsistir, en el caso de Million, como limpiadora o cuidadora de personas mayores. Y a pesar de ello, todos los días daban gracias a Dios por poder estar juntos, y sobre todo, vivos.

Antes de llegar a Córdoba, ya con 32 años, Million quedó embarazada, y tanto ella como Ahmed decidieron buscar un futuro mejor para su futuro hijo en Córdoba (España), una ciudad con la que Million había soñado en multitud de ocasiones cuando leía en su niñez las principales obras que Maimónides y Séneca le habían dedicado.

Unos pocos meses después de llegar a Córdoba, Million y Ahmed dieron la bienvenida a su primera hija, a la que llamaron Tasefa, que significa “Esperanza” en tigriña.

No necesité consultarlo con nadie para tomar la decisión: Contratar a Million era algo que debíamos hacer, tanto a nivel humano como profesional. Entendí en ese instante que Million era alguien que no sólo iba a desempeñar de forma correcta su trabajo, sino que además iba a poder inspirar a todos sus nuevos compañeros con su fuerza y resiliencia. Ese mismo día le ofrecimos la vacante de Ingeniera del departamento de Asistencia Técnica, para nuestros clientes de comunicación en árabe.

Ese día 27 de enero Million llegó a la hora acordada, y los compañeros del departamento de Personas realizaron el proceso de Onboarding, tal y como teníamos previsto. No se separó de su cuaderno en toda la mañana, observando más que hablando, algo que seguramente hizo que sus compañeros no se mostraran inicialmente tan próximos a ella como en otras ocasiones habrían hecho. O quizá nadie tenía muy claro cómo acercarse a una nueva compañera cuya historia personal estaba profundamente marcada en su mirada.

Para intentar acercar lazos, esa tarde propusimos un taller de trabajo en equipo en el que todos los miembros del departamento de Asistencia Técnica compartieran algo personal, siempre que se sintieran cómodos para hacerlo. Después de la intervención de otros compañeros, que compartieron con los demás diferentes problemas y casuísticas “del primer mundo”, llegó el turno de Million. En muy pocos minutos Million nos contó cómo se había criado y crecido en un entorno donde el sonido de los disparos y los helicópteros eran su principal banda sonora, cómo abandonó su país buscando un futuro mejor, llegando a necesitar ser acogida en diferentes refugios improvisados, de la incertidumbre de no saber si algún día podría vivir en un lugar seguro para ella y para su marido Ahmed, y de la fuerza que había crecido dentro de ella para sacar adelante a su hija Tasefa. Esa fue la primera vez que vi la oficina en absoluto silencio, escuchando atentamente todos los compañeros la historia de vida de Million. Muchos de sus nuevos compañeros estaban con los ojos llenos de lágrimas durante toda su exposición. En ese momento, Million dejó de ser una extraña.

Con el paso de los meses, Million empezó a destacar en el departamento. Su capacidad resolutiva era más que evidente, siendo capaz de empatizar y comunicarse con absoluta profesionalidad y confianza con los clientes que trataba. Pero lo que más marcó a sus compañeros fue su actitud. Nunca se quejaba, y siempre estaba dispuesta a ayudar a quien lo necesitara. Su historia había inspirado a todo el equipo.

La llegada de Million a nuestra empresa nos ha enseñado que uno de los principales valores de una organización se encuentra en la riqueza de perspectivas de sus trabajadores. Million no sólo se había conseguido integrar en el equipo; no estaba ayudando a evolucionar como empresa, y gracias a ella hemos abierto las puertas de nuestra organización a muchas más personas procedentes de colectivos vulnerables, haciéndonos crecer cada uno de ellos.

En mi última conversación con Million, me confesó algo que no olvidaré jamás: “Aquí no sólo encontré un trabajo, encontré un hogar”

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